11. No hay triunfo sin sacrificio
— Esta maldita prensa nunca nos dejará en paz —
dijo Francisco López al entrar en la librería.
— Buenos días— lo saludó César sin apartar la
vista del libro que estaba leyendo.
— ¿Y qué tiene de buenos? — preguntó Francisco
poniendo unos periódicos en el escritorio.
“Doble asesinato en la feria”, “Un hombre y una
mujer muertos”, “Policía: ¿error o ignorancia?” —. Era de esperar que dijeran así
— murmuró César —. Tienen miedo. Están buscando a alguien a quien culpar por
todo lo que sucede y parece que ya lo han encontrado. Mira.
— “¿Renunciará Francisco López?” — el oficial leyó
con disgusto—. Esto no me sorprende. Sé perfectamente que esperan con ansias mi
renuncia, pero los sueños no cuestan nada César y yo no pienso dejar este
asunto ni hoy ni mañana. Te lo aseguro.
— Me alegra mucho oír eso, pero los hechos hablan
por sí mismos. Seis personas perdieron la vida y dos de ellas murieron ante
nuestros ojos. Nuestra intención era atraparlo, en cambio hemos provocado otro
gran ataque de pánico. Estoy pensando — dijo lentamente César— si este libro
nos ayuda o al contrario. Podemos tener miles de pistas, pero ¿qué nos dan si
no somos capaces de descifrarlas? — se pasó los dedos por el cabello y añadió —.
¿No tienes la impresión de vagar en la oscuridad, Francisco? Porque yo sí.
Planificamos, intentamos y al final fallamos. Siempre está un paso adelante de
nosotros y se ríe a nuestras espaldas. Ya estoy cansado de esto.
Francisco le lanzó una larga mirada, notando
por primera vez lo agotado que estaba.
— Deberías descansar. No traes buena cara mi
querido amigo. Descansa porque te necesito ahora más que nunca.
César no le hizo ningún caso, agitó la mano y
volvió a su lectura. Al ver que sus palabras le entraron por un oído y salieron por el otro, Francisco
exclamó:
— ¡César Valdés! ¡Eres el hombre más terco que
he conocido nunca! ¡César el Terco tu nombre!
— Si ya terminaste, léalo — dijo César, pasándole
el libro.
— ¿No dijiste que ese libro no servía para nada? — le preguntó Francisco y sin esperar respuesta miró el texto —. El último asesinato. Y la última oportunidad para atrapar a este mal nacido.
— ¿No dijiste que ese libro no servía para nada? — le preguntó Francisco y sin esperar respuesta miró el texto —. El último asesinato. Y la última oportunidad para atrapar a este mal nacido.
— Creo que esta vez podemos hacerlo. Las pistas
son mucho más claras y sobre todo más precisas.
La víctima fue atada y ahogada
en el lago. Sé que aquí no hay ningún lago, pero hay...
— Hay estanque — le interrumpió Francisco —. ¿Cuánto
tiempo tenemos?
— Tres semanas. Por lo menos así está escrito
en el libro. Lo hará al atardecer.
Por primera vez en mucho tiempo miraron al
futuro con esperanza. Tal vez no todo era perdido.
--------
— Pues...aquí no hay nadie, señor.
Francisco le dio la espalda al estanque, rodeado
ahora por los oficiales de la policía, y miró a sus alrededores buscando algún
rastro de la presa. Estaba ya a punto de retirar a su gente, cuando de repente César
pronunció dos palabras que le helaron las entrañas.
— El río.
--------
César no recordaba lo que pasó exactamente aquel
día. No recordaba cómo llegaron al puente de madera que unía las dos orillas de
Riesgotruth. No recordaba cuando Francisco, pálido como un muerto, saltó hacia
las heladas aguas de Dolorita que hace apenas dos semanas estaba cubierta por
el hielo. No recordaba cuando junto con otros oficiales salvaron a la pobre
mujer, ya inconsciente, pero aún con vida. Tampoco recordaba cuando Francisco,
agotado y mojado, lo abrazó diciendo “lo hemos logrado”. Lo único que recordaba
era una solitaria figura que lo observaba desde la orilla opuesta del río. Y
fue entonces cuando aceptó la condena.








Komentarze
Prześlij komentarz