9. Dos vasos de whisky, por favor
— Dos vasos de whisky, por favor.
Francisco López miraba con intensidad a César
que parecía estar en cualquier lugar, excepto en este bar de mala muerte donde
por desgracia ambos se encontraban. Tras la espantosa llamada del vendedor, se
puso inmediatamente en contacto con su gente y luego corrió a la casa de César,
sin prestar atención a lo que llevaba puesto. Al llegar al destino vio un
aterrador espectro de hombre y le llevaron unos segundos entender que era ni más
ni menos César Valdés. Dándole una simple mirada, dedujo que se necesitaba algo
más que el té, por eso lo llevó a un bar cercano, tratando de calmar tanto sus
nervios como los de César e intentando obtener también la información
necesaria.
Justo cuando se preguntaba cómo empezar la conversación,
César le dirigió la palabra.
— Me llamó. Este desgraciado me llamó. Me llamó
así de simple.
— ¿Has reconocido la voz? — preguntó Francisco,
dejando de lado la cortesía —. ¿Hay algo que pueda ayudar a identificarlo? — añadió,
pero César parecía no hacerle caso.
— Me amenazó — tartamudeó —. Me amenazó con
matarme si no dejo de colaborar con la policía. Ya sabe lo que hacemos, ya
sabe todo, no se puede ocurrir nada de él —. César calló y luego dijo — Nunca
antes había oído esta voz, era muy tranquila, pero lo más horrible de todo es
que esta porquería de hombre hablaba de los homicidios como del clima, me daban
escalofríos al solo escucharlo.
Francisco abrió la boca, pero la cerró cuando
vio que el camarero se acercaba. Cuando dos vasos de whisky finalmente
aparecieron ante ellos y el camarero se alejó, dijo en voz baja:
— Sabíamos que tarde o temprano se daría cuenta
de lo que estaba pasando, sin embargo no esperaba que te llamara — dijo apesadumbrando, mirando a César que tomaba su whisky. Los remordimientos
de conciencia no lo dejaban en paz, nunca debería haberle metido a César en
este asunto, si no él, estaría a salvo. Considerando que ya llegó la hora
de acabar con todo, tomó un trago de whisky y dijo:
— Las cosas han llegado demasiado lejos. Esto
no debería haber ocurrido nunca, no deberíamos haberte pedido un favor sabiendo
que las consecuencias pueden ser desastrosas. Pero no más, se acabó, no podemos
jugar con tu vida, te encontramos un lugar seguro y nunca más volveremos a
hablar sobre esto — tragó y siguió hablando —. Perdóname, César. Perdóname por
lo que te hice.
— No te echo la culpa. Ni a ti ni a nadie — susurró
César, agarrando el vaso con las manos. — Fui yo quien te llamó, fui yo quien
insistió que leyeras el libro, fui yo quien te dijo que mi puerta siempre estaría
abierta para ti. Y lo sigo diciendo — dio el último trago de su whisky y dijo —.
No voy a mentir, casi me muero de miedo, pero no voy a dejar este asunto ¿me
entiendes?
López lo miraba como si no pudiera creer lo que
acaba de escuchar. ¿Era el mismo hombre que apenas una hora parecía como si
tuviera ya un pie en la sepultura?
— Me parece que no sea razonable. He tomado mi
decisión y punto.
— No me interesa lo que te parezca a ti o no.
Esto lo decido yo. A mí nadie me va a chantajear, mucho menos amenazar. Te guste
o no, tú y yo estamos juntos en esto — César dijo con firmeza. Un momento después
se llevó una mano al pecho y dijo con dificultad: — Ya está muerta. Su víctima.
Algo me lo dice aquí dentro.
— Mi gente ya la está buscando. Todavía hay
esperanza.
— No — César negó con la cabeza —. Esto no va a
pasar. La secuestró tres días antes de lo planificado y ya no se puede hacer
nada por ella, pero te aseguro que aunque me cueste la vida, encontraremos a
este monstruo. Te juro por mi librería que lo encontraremos.
Unas horas después el sol se alzó rojo.







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